Lejos de las crisis y junto al mar, hay una ciudad en el extremo sur de Sudamérica que se postula como oasis, como refugio para un mundo complejo y global.

Allí las cosas están cambiando aceleradamente, y los europeos y norteamericanos que se están asentando en sus costas son testigos. Hay pequeñas señales de la transformación de ese rincón del mundo.

Los semáforos ya no están desconectados y siguen trabajando en invierno, fuera de la temporada estival.

Los edificios ya no muestran sus ventanas completamente a oscuras cuando el calor se va.

Se recoge mucha más basura que antes.

Todo eso sucede en Punta del Este, un sitio que fue, por décadas, balneario veraniego para los argentinos y brasileños con dinero, junto a un puñado de europeos semiaristocráticos. Y no mucho más: tras el paréntesis del estío, la ciudad uruguaya entraba en hibernación hasta el verano siguiente. Eran muy pocos los que se atrevían a pasar todo el año allí, en un lugar de invierno crudo en el que, decían, no había «nada para hacer».

Esa historia es pasado, porque Punta del Este, a solo 120 kilómetros de la capital, Montevideo, es hoy el pulmón que le inyecta dinamismo al envejecido Uruguay. Allí, entre bosques, dunas, ríos, lagunas y el mar, se están viendo cosas que llaman la atención.

Es jueves por la noche y el aeropuerto de Punta del Este está en calma. Ya pasó el verano y sólo aterrizan unos pocos vuelos. Uno de los buses que normalmente transporta pasajeros desde la terminal hasta un avión cruza la pista y frena ante un hangar. En él hay unas 200 personas reunidas para escuchar a cuatro expositores en un debate anclado a partir de una pregunta: «¿Es Punta del este una ciudad cosmopolita?».

Educación

Marcia Alves es una brasileña que ocupa hoy una alta posición en una de las nuevas joyas de Punta del Este: el International College, un colegio internacional que, al recorrerlo, da ganas de volver a ser niño. Allí hay de todo para una educación de primer nivel. De todo, incluso un Boeing 737 de la ex aerolínea uruguaya Pluna que se utiliza para recepciones, clases y debates científicos. Idea de Rolando Rozenblum, uruguayo y uno de los dueños del colegio.

«Sí», dice Francesca Magno, abogada experta en residencia e inmigración en la consultora Andersen. «Cada vez somos más acá. Nuestra oficina en Punta del Este nace por la gran cantidad de clientes extranjeros que se están instalando. En Uruguay hay seguridad jurídica, algo que a nosotros, los abogados, nos da mucho orgullo. Somos un país con algo muy envidiable en la región: un refugio seguro. De los que vienen, no son muchos los que vuelven a sus países».

Alves, una de sus manos derechas, es un termómetro humano para medir la internacionalización de Punta del Este y, por lo tanto, de Uruguay, un país a contramano de las izquierdas que gobiernan en países como Brasil, México, Argentina, Colombia o Chile. Alves es la jefa de admisiones en el International College, una de las primeras personas con las que hablan los extranjeros que llegan al pequeño Uruguay, un país de apenas 3,2 millones de habitantes.

«Desde que llegué hace 10 años hay un cambio muy grande. El colegio surgió por las familias que se instalan. Hoy tenemos estudiantes de 23 países. Muchos argentinos, pero cada vez más europeos. Tenemos familias rusas, alemanas, polacas que se sienten muy cómodas, saben que alguien les hablará en inglés. Me llegan familias rusas y bielorrusas que no hablan una palabra de castellano. Buscan estabilidad económica y social. Mucha gente no quiere vivir en Estados Unidos, muchos alemanes quieren salir de Europa. Buscan una vida más sencilla con tranquilidad y calidad».

Magno, que también trata con los recién llegados, le da una perspectiva histórica al asunto: «Mis abuelos italianos huían de una guerra, y hoy hay mucha gente con la necesidad de alejarse de la guerra de Ucrania, de tener una vida tranquila. Otros buscan que no les metan impuestos sorpresivos. Uruguay es un país donde la libertad responsable es la base».

Y no solo eso, dice Magno a Actualidad Económica: «Muchos esgrimen la prueba nuclear. Me dicen que vienen a Uruguay porque es el país más seguro para alejarse de la tercera e incluso la cuarta ola de una explisión atómica. Uruguay está lejos, cómo Argentina, aunque ahí la economía no ayuda. Y Australia y Nueva Zelanda también están lejos, pero pesa el temor a la cercanía geográfica con China».

Punta del Este se ubica donde termina el Río de la Plata y comienza el Océano Atlántico. Eso le permite contar con todo tipo de playas, desde aguas calmas en bahías protegidas a mar abierto de intenso oleaje. Lo sabe bien Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la comunidad de Madrid, que pasó la Nochevieja de 2022 en ese rincón de Sudamérica.

Lo hizo en uno de los sitios más exclusivos de Punta, el pequeño poblado de José Ignacio. Díaz Ayuso y su pareja, Alberto González, cenaron en la casa del empresario argentino Diego Finkelstein y luego recibieron el 2023 en Pavillion Vik, un hotel sobre el mar creado por el multimillonario Alexander Vik, hijo de un noruego y una uruguaya. La marca «Vik» se replica en otros dos hoteles en la zona que son sinónimo de exclusividad, buen gusto y un obsesivo interés por el detalle y la sustentabilidad.

«Jose Ignacio es una burbuja para iniciar una nueva vida», resume Mario Leite de Oliveira, manager general de Bahía Vik.

Uruguay fue por años sinónimo de paraíso fiscal, pero el país ha ido adaptando estándares que le permitieron quitarse esta etiqueta. Así y todo, en una búsqueda en Google, al escribir Uruguay, la primera palabra que aparece es impuestos.

El clima de negocios es bueno en un país en el que el gobierno del social-liberal Luis Lacalle Pou insiste en una palabra, libertad, que durante la pandemia se transformó en «libertad responsable» para evitar el cierre completo de la economía, a diferencia de lo que sucedía en la orilla de enfrente, en Argentina.

Punta del Este es hoy una oportunidad para dos tipos de personas: aquellos que ya tienen la vida resuelta y quieren disfrutar de su dinero en un entorno tranquilo y sofisticado, y profesionales jóvenes con deseos de cambiar su vida. Médicos, por ejemplo: la ciudad necesita mejores clínicas y mejores médicos. O arquitectos, que tienen enormes posibilidades en un entorno en el que abundan los millonarios.

Están en la Torre Trump, por ejemplo, paralizada por años y nuevamente en marcha gracias a un fideicomiso de un grupo de propietarios liderado por un argentino, Jorge Garber. El lujo de la torre, con helipuerto y la piscina más grande del país, impresiona. La mayoría de los pisos, con una imbatible vista al mar, ya tienen dueño.

A unos kilómetros del mar está el Centro de Convenciones de la ciudad. Es entrar allí en una tarde de viernes y quedarse con la boca abierta: cientos y cientos de niños asisten al Campus Party que patrocina Movistar.

La innovación y la creatividad explotan ante los ojos, y el entusiasmo de los adolescentes es contagioso. Muchos de ellos son de escuelas rurales.

«Dejamos de ser la ciudad de los herederos y los jubilados para pasar a ser otra cosa. El futuro de Punta del Este es vivir y trabajar desde aquí para el mundo», dice Enrique Antía, intendente del departamento de Maldonado, que incluye a Punta del Este, en diálogo con Actualidad Económica.

«Hoy se puede vivir en un lugar y generar renta en otro», añade Javier Carballal, un gallego uruguayo que se levanta a las cinco de la mañana para atender su carnicería y es alcalde de Punta del Este, un cargo de limitadas atribuciones, ya que la mayoría de las competencias está en manos de Antía.

Lo sabe bien Julie Ngo-Kröhnert, una alemana-vietnamita-francesa de 45 años que llegó hace pocos meses a la ciudad con su esposo y sus hijos.

Es asesora de una empresa alemana de software para inmobiliarias, y trabaja sin problemas desde Uruguay. Para mudarse al pequeño país sudamericano apeló a la información y los consejos de una web: www.vivienpunta.com

Urbanismo

«Nos cansamos de Europa, del control de todo, de la guerra, de la amenaza nuclear», dice en una mañana en la terraza de un apacible café. ¿Es perfecta Punta del Este? «No», dice. «Tienen que mejorar el servicio. En la hostelería ves mucha gente trabajando, pero no te atienden».

No es entonces Miami, donde el servicio siempre funciona. «Es que no queremos ser Miami, Torremolinos o Marbella», advierte Carballal, en una frase que se repite: Punta del Este ve el peligro de transformarse en Miami, a esta altura un monstruo urbanístico. Y cree que puede evitarlo.

«La miamización no va a suceder, pero veo esa ambición», admite la argentina Analía Suárez, dueña de Imarangatú, el restaurante de moda en la playa, y de un hotel boutique, el Awa.

«Este es hoy el mejor lugar del mundo», dice sin atisbo de dudas. «Y no me olvido más de lo que me dijo un francés que se alojó en mi hotel: ‘Europa está ahora aquí’. Y tiene razón».